La historia de los ikitu es la de una resistencia silenciosa. Aunque su nombre bautizó a la ciudad de Iquitos, la mayor urbe de la Amazonía peruana, su lengua se fue diluyendo tras el violento desplazamiento provocado por la fiebre del caucho a finales del siglo XIX. Aquel sistema de peonaje y trabajo forzado no solo alteró los asentamientos, sino que fracturó la transmisión de los vocablos de padres a hijos. Hacia finales del siglo pasado, un censo local registró apenas 25 hablantes fluidos, la mayoría de ellos con más de sesenta años de edad, concentrados principalmente en la comunidad de San Antonio.
Sangama pertenece a una generación que ha decidido no aceptar ese silencio. Actuando simultáneamente como estudiante de los mayores y como instructor de los más pequeños, ha establecido un centro de educación comunitaria que intenta llenar el vacío institucional. En la provincia de Loreto, la escasez de maestros certificados en lenguas amazónicas es crítica, dejando a miles de estudiantes sin la posibilidad de aprender en su lengua materna.
El proyecto en el que participa Sangama, respaldado por organismos internacionales y el Ministerio de Cultura, utiliza herramientas contemporáneas para una tarea ancestral. Los jóvenes de las comunidades taushiro y kukama kukamiria, junto a los ikitu, crean contenidos audiovisuales y multimedia para que los niños vean su lengua reflejada en las pantallas. No es un ejercicio de nostalgia, sino de utilidad: para que una lengua viva, debe ser capaz de nombrar el presente.
Mientras el Ministerio de Educación avanza en las evaluaciones de suficiencia para docentes, el centro de Christian en su aldea ya está en funcionamiento. Allí, entre el calor húmedo de la selva y el rumor constante de los ríos Chambira y Pintuyacu, se intenta que las nuevas generaciones comprendan que su identidad no es un vestigio del pasado, sino una herramienta para entender el mundo. La supervivencia de una lengua depende, en última instancia, de la voluntad de un hombre que se niega a olvidar lo que sus antepasados aprendieron a callar.