Lo que vino después no fue una vocación anunciada. Fue un ciclón. En febrero de 2016, Winston cruzó Viti Levu como sistema de categoría cinco, el más intenso jamás registrado en el hemisferio sur en el momento de tocar tierra. Murieron cuarenta y cuatro personas. Cerca de 40.000 viviendas quedaron dañadas o destruidas. Durante los meses de ayuda que siguieron, la red de ramas de la Cruz Roja fiyiana se llenó de voluntarios que nunca antes habían sido voluntarios. Firo fue una de ellos.

Desde entonces ha servido como punto focal de salud en la rama de Lautoka, ha pasado por talleres, programas y trabajo comunitario. El 12 de septiembre, en Suva, habló durante la jornada mundial de los primeros auxilios. Dijo algo que suena sencillo y que no lo es: los primeros auxilios no consisten solo en aprender reanimación cardiopulmonar o atender una herida. Consisten en estar dispuesto.

Esa frase suya tiene un peso concreto en un país donde la encuesta nacional del Centro de Crisis para Mujeres de Fiyi, publicada en 2013, halló que el 64 por ciento de las mujeres que habían tenido una relación de pareja sufrieron violencia física o sexual a manos de su compañero. Firo no habla desde la teoría. Habla desde el lugar del que salió.

El relato que publicó el Fiji Sun, firmado por Milika Rabulu, recuerda a Henry Dunant, el comerciante ginebrino que en 1859, tras la batalla de Solferino, reunió a los aldeanos del lugar para atender a los soldados heridos de ambos bandos. De aquel gesto improvisado nacieron el Comité Internacional de la Cruz Roja y el primer Convenio de Ginebra. Dunant murió arruinado, en un hospicio de un pueblo suizo, sin haber tocado el dinero del Nobel que compartió en 1901.

La línea que va de un hombre en Solferino a una mujer en Lautoka no es una metáfora administrativa. Es la misma decisión, tomada dos veces con ciento cincuenta y siete años de distancia: hay alguien delante que necesita algo, y yo puedo dárselo.

A nadie se le debe juzgar por su condición de vida.