Tiene cuarenta años y aprendió el oficio mirando a su padre, que recibió un premio estatal por su trabajo con el santoor. De aquella escuela doméstica salieron las manos que hoy construyen el rabab, el santoor, el saz-e-Kashmir, el sitar cachemir, el rabab sij y el surnai. Trabaja casi siempre por encargo, para compradores de Jammu y Cachemira y de otras partes de la India.
Son los instrumentos de la Sufiana Mausiqi, el repertorio clásico de Cachemira, donde el santoor se acompaña del saz-e-Kashmir —un violín que se toca apoyado verticalmente sobre la rodilla— y de un par de pequeños timbales. El rabab sij que también construye viene de otra memoria: la de Bhai Mardana, el músico musulmán que acompañaba a Gurú Nanak, y llega a Narbal a través de encargos de Punyab y de la diáspora sij.
Su preocupación no es la demanda, sino quién vendrá después. "Este oficio es mi sustento", dijo. "No hay mucha gente que lo tome o lo aprenda, pero quisiera decir que todos deberían mantenerse conectados con el arte." Sostiene que un artesano capacitado puede ganar bien, y pide programas gubernamentales dedicados y un reconocimiento institucional mayor para los constructores de instrumentos de Cachemira.
El punto de comparación está a pocos kilómetros, en Zaina Kadal, en el corazón viejo de Srinagar: Ghulam Mohammad Zaz, octava generación de su familia en el oficio, condecorado con el Padma Shri en 2022, dice no tener sucesor. Dar, en Narbal, todavía tiene la madera cortada y el encargo pendiente.