Uslu vive en el barrio de Cayirbagi, en Meram, a las afueras de Konya, sobre la meseta de Anatolia central. Allí nació y allí pasó un siglo entero. Las mujeres de su generación se movían en carro de bueyes, a lomos de burro o a pie; Turquía no tuvo aerolínea civil hasta 1933, ocho años después de que ella naciera, y volar siguió siendo durante décadas cosa de gente de ciudad. Ella no hizo ninguna de esas cosas. Nunca se subió a nada.
El deseo de ver la Kaaba lo llevaba consigo desde hacía décadas. Fueron sus nietos quienes organizaron el viaje y quienes la acompañaron. En septiembre subió por primera vez a un aparato en movimiento y ese aparato la llevó a casi mil novecientos kilómetros de su casa.
Camina con dificultad, como corresponde a su edad. Por eso el reparto quedó claro sin necesidad de discutirlo: ellos ponían las piernas. La práctica de cargar a un familiar mayor durante el tawaf es antigua y frecuente; la mezquita ofrece sillas de ruedas y carros eléctricos, y reserva carriles propios en la primera planta y en la azotea para que quien va despacio no quede atrapado en la multitud de abajo. Los nietos prefirieron llevarla a hombros.
Eso dijo ella después, y añadió que verla había sido una gran felicidad. Los nietos hablaron de una alegría que no sabían nombrar, y de un orgullo particular: el de haber sido ellos, y no otros, quienes la sostuvieron.
En las fotografías publicadas por el diario local Haber Dairesi aparece delante de la Kaaba, menuda, con la tela negra al fondo. Detrás de esa imagen hay una familia entera: cinco hijos, veintiún nietos, cincuenta y seis bisnietos, veinticuatro tataranietos. Cuando ella nació, la esperanza de vida en Turquía rondaba los treinta y cinco años.
Dios me concedió ver la Kaaba a esta edad.