El oficio toma su nombre del ascia, la azuela, la herramienta con la que durante siglos se dio forma a las cuadernas, la quilla y el tablazón de un casco de madera. En Italia no es un simple saber artesanal: el Código de Navegación de 1942 lo regula como profesión marítima, y la Capitanía de Puerto de cada distrito lleva el registro de quienes lo ejercen.

Andrea Moroni figura en el de La Spezia con el número 180. Se inscribió después de terminar la universidad, cuando decidió volver al astillero que su familia había fundado a principios del siglo XX. Hoy su taller colabora con Fincantieri en el mantenimiento de dos veleros de la Marina italiana: se ocupa de los mástiles y las piezas de madera del Amerigo Vespucci y del Palinuro.

Los dos barcos llevan décadas navegando. El Vespucci, con base en La Spezia, forma a los cadetes de la Marina desde 1931; su casco es de acero, pero las cubiertas, las barandillas y buena parte de los herrajes son de madera. El Palinuro nació en Nantes como un bergantín goleta francés que llevaba a los pescadores de bacalao hasta los bancos de Terranova. Mantenerlos a flote exige manos que ya escasean.

Cesare Cortale, de 29 años, llegó al oficio por otro camino. Venía de la carpintería mecánica cuando restauró un barco antiguo llamado Lazzaro, y aquel trabajo le cambió el rumbo. Se formó en el sur de Italia con Giovanni Cammarano y Nino Aprea, obtuvo el título en 2017 y más tarde reparó en Francia una embarcación de madera de 45 metros.

Ahora tiene su taller de restauración en Ameglia, en la desembocadura del Magra, donde los pequeños astilleros y los amarres se alinean en la orilla desde hace generaciones. Allí trabaja sobre todo en gozzi: barcas abiertas de proa y popa puntiagudas, de cinco a ocho metros, con las que se pescaba con red y palangre cerca de la costa.

Los dos conocen bien las razones del declive. Moroni las enumera sin dramatismo: cuesta encontrar trabajadores, cada vez se encarga menos trabajo en madera, los materiales son caros, quedan pocos propietarios de barcos antiguos, hay pocas instalaciones en la costa y transportar una embarcación cuesta mucho. Cortale señala otra causa, la que él mismo vivió. Para aprender hay que pasar años yendo de un astillero a otro por toda Italia, y los jóvenes no quieren hacerlo.

Aun así, en Santo Stefano Magra tres aprendices se preparan para el examen, y en Ameglia hay gozzi esperando en la orilla del río a que alguien los restaure.