Los dos forman parte de un grupo de más de 150 agricultores de Aceh que, desde 2025, han probado este cultivo. Cut Badriah ya cultivaba maíz y conoce bien lo que cuesta. Cuando compara las dos plantas, la judía sale ganando. Según los datos recogidos por Mongabay Indonesia, el koro rinde entre tres y siete veces más que la soja local y soporta mejor un clima cada vez menos previsible.

Detrás de los agricultores está Rivan Rinaldi, director ejecutivo de la fundación Rumoh Pangan Aceh, que los acompaña desde la siembra hasta la venta. El koro solo tiene sentido si alguien lo compra, y el comprador está a una hora de camino, junto al mar.

En Alue Naga, un pueblo costero de Banda Aceh que el tsunami de 2004 borró casi por completo, funciona el taller Rumoh Tempe Nusa. Allí trabajan Yusniar, Samiyati, Nurmawati y Jamilah. Sus turnos son flexibles, de dos a cinco horas, y se adaptan a la vida de cada una. Entre todas sacan cada día entre 155 y 165 bloques de tempe, y hasta 460 cuando hay encargos de los programas de nutrición.

El koro exige paciencia. La semilla cruda contiene compuestos cianogénicos y canavanina, de modo que antes de fermentarla hay que remojarla, hervirla y enjuagarla una y otra vez, a veces durante uno a tres días. Después entra en juego el mismo hongo que transforma la soja, el Rhizopus. El resultado es un tempe más blando y con más grasa que el de siempre.

La soja domina la cocina indonesia, pero casi toda llega de fuera, sobre todo de Estados Unidos. Los productores de tofu y tempe conocen bien lo que ocurre cuando sube el precio: en enero de 2008 fueron a la huelga, y en febrero de 2022 dejaron de producir en todo el país durante tres días. Un alimento que aparece ya en el Serat Centhini, un manuscrito javanés de principios del siglo XIX, depende hoy de cargamentos que cruzan el Pacífico.

Azanuddin Kurnia, jefe en funciones del Servicio de Agricultura y Plantaciones de Aceh, sigue la experiencia desde su despacho. En Lamteuba, mientras tanto, la hectárea de Ruhani empieza a dar vainas.