El grupo llegó desde Aotearoa Nueva Zelanda con Tātai Hononga, en un intercambio cultural de talla organizado junto a la Sociedad Aotearoa de las Islas Cook. El encargo era claro y a la vez enorme: doce pou, los postes tallados que sostienen y habitan una casa de reuniones maorí, cada uno dedicado a un tupuna que cruzó el océano hacia el sur.
Ese viaje no es una metáfora. En Ngatangiia, al otro lado de la isla, un monumento de piedra en el puerto de Avana nombra siete vaka —entre ellas Takitumu, Tainui y Te Arawa— que según la tradición oral zarparon de allí hacia Aotearoa. Los pou de Tupapa devuelven a la isla, en madera, los nombres que se fueron con esas canoas.
La palabra misma que da nombre al lugar significa cosas distintas a un lado y otro del mar. En las Islas Cook, un marae es una plataforma abierta de piedra: a pocos pasos de Tupapa se encuentra Arai-te-Tonga, con su pilar de investidura donde se confería el título de ariki Makea Karika. En Aotearoa, un marae es el conjunto que rodea una casa de reuniones. Es esta segunda forma la que se está levantando en Tupapa, sobre suelo de la primera.
La alta comisionada de Nueva Zelanda, Catherine Graham, describió el proyecto como una expresión de las conexiones profundas y duraderas entre ambos países, en línea con el fortalecimiento de los vínculos entre personas y con la riqueza del whakapapa del Pacífico.
Esa desproporción explica buena parte del sentido del trabajo. Hay muchas más personas de ascendencia cookiana en Nueva Zelanda —sobre todo en Auckland— que en las propias islas, una consecuencia de la libre asociación acordada en 1965: las Islas Cook se gobiernan a sí mismas, pero sus habitantes son ciudadanos neozelandeses y no existe pasaporte cookiano.
También cambia la materia prima. Los talladores de Aotearoa suelen trabajar el tōtara y el kauri; los de Rarotonga, el tamanu, el miro y el toa que crecen en la isla. Y hay un vacío detrás de todo esto: gran parte de la escultura antigua de las Islas Cook —los dioses-bastón de Rarotonga, las figuras de dioses pescadores— fue entregada o destruida tras la llegada de los misioneros en la década de 1820, y los ejemplares que sobreviven se conservan en el Museo Británico y otras colecciones extranjeras, no en las islas.
Los diez pou restantes quedan pendientes. Los nueve y medio terminados esperan en Tupapa, mirando hacia el mar por el que llegaron sus nombres.