«Creo que mi experiencia como mago me ayudó a revelar a los verdaderos magos de la naturaleza: los reptiles y los anfibios», dice de Silva. La frase describe con precisión lo que ha hecho con su vida: desmontar, pieza por pieza, el miedo que rodea a los animales que estudia. En Sri Lanka viven más de cien especies de serpientes, y solo unas cinco pueden causar una mordedura mortal.
Esa aritmética importa más de lo que parece. Un estudio realizado en los hogares de la isla estimó 80.000 mordeduras al año, 30.000 envenenamientos y unas 400 muertes en una población de veinte millones. Los registros hospitalarios subestimaban las muertes hasta en un 60 %: quienes mueren son campesinos de arrozal y recolectores de caucho de los distritos rurales del norte, descalzos al atardecer, lejos de cualquier hospital que anote su nombre.
Durante décadas esos pacientes recibieron antiveneno fabricado en la India contra poblaciones de serpientes indias, cuyo veneno no es igual al de las de Sri Lanka. La eficacia era limitada y las reacciones adversas, frecuentes. Un producto propio, criado en caballos inmunizados con veneno de la víbora de Russell, la cobra india, la víbora de escamas aserradas y la Hypnale hypnale de la isla, entró en ensayo clínico en 2016. Fue el primer antiveneno poliespecífico que incluyó a la Hypnale, la serpiente que causa más mordeduras y que durante mucho tiempo se consideró clínicamente inofensiva, hasta que los médicos empezaron a documentar insuficiencia renal aguda y muertes.
Las pérdidas explican su insistencia. Las ranas arbustivas de los bosques nublados de las montañas centrales se desarrollan directamente del huevo a la rana, sin fase de renacuajo, lo que las ata a la hojarasca húmeda y a microclimas estrechos. Cuando ese metro cuadrado de sombra desaparece, la especie desaparece con él.
De Silva organizó la primera conferencia herpetológica del país en los años sesenta, fundó en 1990 la Organización de Investigación de Anfibios y Reptiles de Sri Lanka y creó la revista Lyriocephalus, bautizada con el nombre del lagarto de hocico jorobado, único representante de un género que no existe en ningún otro lugar. En 2019 recibió el premio Sir Peter Scott de la UICN al mérito en conservación, y hoy copreside el Grupo de Especialistas en Anfibios de la misma organización.
Su huella también quedó en la nomenclatura: un gecko diurno descrito en 2019 en las estribaciones noroccidentales de la reserva natural de Samanalawewa lleva el nombre de Cnemaspis anslemi. Y quedó en las personas. Ruchira Somaweera, hoy investigador reconocido, fue uno de sus discípulos; cientos de estudiantes de la región siguieron su camino.
En octubre, Kandy acogerá el Congreso Mundial sobre Serpientes. Muchos de los que lleguen a la ciudad de las colinas habrán leído a de Silva antes de conocerlo.