La idea no nació en una fábrica de suministros médicos, sino en el aula de una universidad en Terrassa. En 2016, Sallés y su compañero Bernat Vila presentaron un proyecto de fin de grado que buscaba resolver una cifra abrumadora: la Organización Mundial de la Salud estima que 75 millones de personas en el mundo necesitan una silla de ruedas, pero apenas una décima parte puede costearse una. En un país como Uganda, donde una silla importada debe cruzar novecientos kilómetros desde el puerto de Mombasa, el precio y la logística son barreras infranqueables para la mayoría de las familias.
Sallés entendió que la tecnología solo es útil si es reparable por quien la habita. Las tuberías de PVC se compran en las ferreterías del distrito de Tororo, donde este material se fabrica para la construcción local, y las ruedas son de bicicleta común. Esto permite que cualquier pinchazo se resuelva en los modestos puestos de reparación que bordean las carreteras rurales, utilizando parches de caucho estándar.
El diseño permite ajustes que responden a la realidad del terreno. En los meses de lluvia, cuando las carreteras de laterita se vuelven pesadas y resbaladizas, la robustez de los neumáticos de bicicleta ofrece una tracción que las sillas de hospital, diseñadas para suelos lisos, no pueden mantener. Para quienes no tienen fuerza en los brazos para autopropulsarse, la silla se adapta sustituyendo las ruedas traseras por cuatro pequeñas ruedas de carrito de supermercado.
Con el apoyo de organizaciones como la Fundació Isidre Esteve y la Cruz Roja, el proyecto se encamina ahora hacia una plataforma digital gratuita. El objetivo de Sallés es que el manual de instrucciones viaje más rápido que las piezas, permitiendo que cualquier comunidad con acceso a una ferretería pueda construir su propia libertad de movimiento. En el gesto de encajar dos tubos de plástico bajo el sol africano, la ingeniería recupera su vocación más humana: la de resolver, con lo que se tiene a mano, el aislamiento de un semejante.