Khader, consultor de cirugía funcional del cerebro y los nervios en el Hospital Universitario del Canal de Suez, había planificado ese instante con imágenes de resonancia magnética y tomografía computarizada. Los estudios señalaron el punto exacto: el núcleo ventral intermedio del tálamo, una estructura minúscula enterrada en la profundidad del hemisferio. Con anestesia local, el equipo llevó hasta allí una sonda y cauterizó la lesión.

La razón de mantener despierto al paciente no es la audacia, sino la precisión. No existe otra forma de confirmar que el electrodo está donde debe estar. Los cirujanos hacen primero un calentamiento de prueba a temperatura más baja y piden al paciente que dibuje una espiral, que sostenga un vaso, que hable; vigilan si aparece entumecimiento o si la voz se arrastra. Solo entonces se vuelve permanente. El paciente es, en cierto modo, el instrumento de medición.

La técnica no es nueva. Khader la remonta a 1950 y al neurocirujano sueco Lars Leksell, del Instituto Karolinska de Estocolmo, que un año antes había construido su arco estereotáctico: la herramienta que permitió, por primera vez, apuntar a una coordenada dentro del cerebro desde fuera del cráneo. En buena parte de Europa y Norteamérica, la ablación por radiofrecuencia cedió terreno a partir de los años noventa frente a la estimulación cerebral profunda, que es ajustable y reversible pero exige un implante permanente, una batería bajo la clavícula y visitas periódicas de programación.

La ablación no deja hardware ni seguimiento. Esa es una de las razones por las que persiste en sistemas de salud donde el coste de los dispositivos y las consultas repetidas son un obstáculo real. El efecto, dice Khader, dura toda la vida una vez desactivado el foco responsable.

El vídeo que compartió —una mano que se agita y luego, de pronto, se queda inmóvil— circuló ampliamente en Egipto. Lo que la gente miraba una y otra vez no era la tecnología. Era el momento en que un hombre recuperó el gobierno de su propia mano, y pudo verlo con sus propios ojos.