El sistema que los reunió allí no tiene contrato ni salario. Se llama trabajo recíproco y cabe en una frase que Jean Bourgou resume sin adornos: hoy en tu campo, mañana en el mío. El grupo se desplaza de parcela en parcela durante toda la estación de lluvias, hasta que el arroz de cada hogar queda plantado a tiempo. La jornada termina con una comida compartida.

«Cuando somos muchos, el trabajo avanza rápido», dijo Gabdaa. «Lo que sería difícil para una sola persona se vuelve mucho más fácil cuando cada uno aporta su fuerza.» Desire Lankoande lo explicó desde el lado agronómico: la práctica acorta los retrasos y favorece un crecimiento regular de la planta. Albert Bourgou lo dijo de otro modo: para él es un honor trabajar en los campos de sus suegros.

La aritmética le da la razón a Gabdaa. El trasplante manual es la etapa que más brazos consume en todo el cultivo del arroz —alrededor de una cuarta parte del trabajo total, desde la preparación de la tierra hasta la cosecha—. Una máquina trasplantadora cubre en una jornada lo que a mano exige semanas de esfuerzo individual. En los bajos fondos de Gnagna no hay máquinas. Hay gente.

Esa misma temporada, unos 40 voluntarios jóvenes se presentaron a plantar el campo de Guibougou Dingaba. Y Gori Tindano, un agricultor joven del vecino pueblo de Siedougou que lleva año y medio trabajando una parcela de 0,18 hectáreas, dijo algo más rotundo: sin ese trabajo colectivo, su cultivo de arroz sencillamente no sería posible.

Lo que ocurre en Manni tiene nombres antiguos en todo el país. Los moore lo llaman sosoaga; los bwa del oeste, koosin. En 1967, el maestro Bernard Ledea Ouedraogo tomó esas asociaciones de trabajo aldeanas y las federó en los grupos Naam; una década después eran más de 2.500 solo en Yatenga, con 160.000 miembros. La institución creció, pero su motor siguió siendo el mismo que empuja a una docena de personas al barro antes del amanecer.

Lo que sería difícil para una sola persona se vuelve mucho más fácil cuando cada uno aporta su fuerza.

Burkina Faso no produce el arroz que come: importa cerca de 600.000 toneladas al año, casi el 60 por ciento de su demanda. Contra esa cifra, las 0,20 hectáreas de Gabdaa no pesan nada. Contra el hambre de su casa, lo pesan todo. Y el precio de esa mañana no se midió en francos, sino en barro, risas y conversación entre las hileras.